martes, 12 de febrero de 2013

Renacimiento

















Inspirado en un programa de la Jovet             

“nueva criatura es…”
(2 de Corintios 5,17)

Ernesto baila solo, moviendo su cuerpo al compás de la música. Es su cumpleaños número dieciocho y decidió ir a celebrarlo en una discoteca. Es tímido y solitario. Casi no tiene amigos. Pero está cansado, o más que cansado, harto, de su timidez y soledad. Hace unas horas se encontraba en un bar―lejano, para que sus padres no se enteraran― en donde se bebió un par de cervezas, las cuales lo desinhibieron y lo hicieron decidirse a entrar en la discoteca del centro de la ciudad, una de las más populares, y comenzar su vida deseada, aquella que ensueña todas las noches mientras espera el sueño. En esa vida es decidido, popular y respetado; un cínico valiente que atrae a las chicas y tiene sexo todas las noches.        

Al llegar a la discoteca se intimidó, porque el lugar estaba, está, abarrotado de gente y hay algunos compañeros de su escuela, los populares, aquellos que lo rechazan y se burlan de él a sus espaldas. Pero Ernesto estaba decidido, así que para infundirse valor se dirigió al bar y le pidió al bartender lo más fuerte que tuviera. Este, al verle la cara de asustado y de inexperto, por no decir pendejo, solo le dio un Cuba Libre con más Coca-Cola que ron. Pero Ernesto ni cuenta se dio. El bartender no se equivocó en su apreciación, no en balde lleva una década sirviendo tragos: Ernesto realmente es un inexperto (solo ha bebido dos o tres veces en alguna fiesta familiar) y se bebió el trago creyendo que era algo así como un whiskey o un tequila. El bartender, mientras Ernesto se tomaba su bebida más rápido de lo recomendable, sonrió con esas sonrisas condescendientes que esconden lástima y vergüenza ajena.

Pero Ernesto se avalentó con el trago. De repente se sintió ese Yo de sus ensueños: atractivo, seductor y valiente. Se despojó de su Yo real, de Ernesto, para convertirse en ERNESTO, y a ese ERNESTO le gustaba bailar, a pesar de que Ernesto en su vida ha bailado. Ahora mismo, dando sus pasitos, se adentra en la multitud, en la orgía. Chicas hermosas, con escasa ropa, bailan solas, entre ellas o con hombres. Todos se mueven con el frenesí de la música. Ernesto se adentra al centro de la pista, y baila y sonríe como un fauno. Roza a las personas, siente la carne, se excita. Está como fuera de sí, como poseído por otra persona. Se podría decir que está delirando y en ese estado se acerca a las chicas y baila con ellas, sonriéndoles y mirándolas a los ojos con deseo. Realmente, a pesar de sí mismo y lo que ha sido su vida hasta este momento, la está pasando bien.

Pero se cansa de bailar y vuelve en sí, a Ernesto, y se dirige de nuevo al bar. Allí sentado se le acerca una chica hermosa de grandes ojos casi negros, tetas voluptuosas que luchan por mantenerse en su escotada blusa y un muy buen trasero. Un misógino machista diría toda una gata en celo, pero Ernesto al verla no podía ni pensar.

—Hola chico, te vi  bailando y tengo que decirte que me impresionaste.

Ernesto la mira con más miedo que sorpresa. Sostiene la cerveza a mitad de su boca. Solo puede balbucear “Eh, eh, eh”. No consigue articular nada, así que opta por sonreír.

— ¿Cómo te llamas? ―pregunta ella.
— Eh, eh, Ernesto.
— “Eh, eh, eh”… No te preocupes, amor, si yo no muerdo.
—No, no es eso—sonríe tímidamente―, es solo que estoy un poco…pasado de…tragos. Sí.

Ella sonríe, siempre sexy, segura de sí misma.

—Y tú, ¿cómo te llamas? ―pregunta Ernesto, ya un poco más en control de sí mismo.
—Love―contesta ella, haciendo un movimiento sensual con los labios, como invitando a besar.

Ernesto se frisó. ¿Es esto real?, piensa. Ella, segura de la efectividad de su ataque, continúa:

—Love, como el amor. ¿A ti te gusta el amor?
—Eh, eh, sí, claro— contesta Ernesto con timidez.
—Mmm, pues que bueno, pues a mí me encanta el amor. ¿Quieres hacer el amor?

Ernesto se estremece. Se sonroja. Sus ojos miran abruptamente hacia abajo, a la derecha. Siente miles, millones de bolitas circulando a toda velocidad por todo su cuerpo. Ella, Love, triunfal y siempre sexy, le dice “Vamos”.

Ahora están en un motel. Llegaron en el carro de Love. Se están besando en la habitación. Ernesto siente por primera vez unos labios en sus labios, una lengua en su lengua, tibia y áspera. Se comienzan a acariciar. Ernesto la aprieta contra su cuerpo, acaricia su espalda, sus nalgas; las pellizca, les da suaves y firmes palmadas mientra piensa sorprendido en la seguridad que siente y está mostrando. Entonces Love lo empuja a la cama y comienza a desnudarse muy sensualmente mientras lo mira con lujuria. Primero se quita la parte superior de su vestido y libera las enormes y duras masas sexuales, con sus enormes pezones erectos y rozados que luchaban por salir durante toda la noche. Ernesto cree que reventará, que no podrá soportar mucho tiempo sin venirse encima. Lo que está presenciando no es la porno que ha visto por computadora o en dvd’s, y menos aún una de sus ensoñaciones, no, sino un acontecimiento en vivo y a todo color, por lo que no puede sino sorprenderse de lo que está ocurriéndole. Love, consciente de las reacciones que ocasiona en Ernesto, se acaricia los senos y pellizca su pezón derecho. Luego continúa bajando, quitándose el vestido. Llega a su abdomen, a su codiciable ombligo, a sus caderas, haciendo presión, sus senos moviéndose en zigzag, besándose. Se baja y quita completamente el vestido, mostrando sus hermosas, largas y densas piernas. Únicamente queda la tanga, que insinúa un coño humedecido, gordo y acolchonado.

Ernesto está completamente bellaco. Contempla, con la boca abierta, las babas saliéndose, el pene erecto a punto de estallar asomándose por el pantalón, todo el cuerpo monumental de Love. Se siente explotar, espera con ansias locas, con desespero, que Love termine su striptease y se quite la tanga para contemplar su chocho húmedo, ávido de placer. Entonces sucede. Love comienza el movimiento sensual, sin apartar la vista de los ojos de Ernesto, como a la expectativa de algo. Se libera de la tanga y Ernesto queda impactado. En la mano de Love, hermosa, con sus uñas largas, cuelga la tanga negra algo mojada. Abajo, en su pubis, se levanta una corta, pero dura y lúbrica verga.

Ernesto no lo puede creer. Se levanta furioso de la cama. Empuja a Love contra la pared y le grita MALDITO, CABRÓN, QUE TÚ TE CREÍAS, ¿QUE YO SOY UN MARICÓN? Da la espalda, presto para marcharse. Pero Love, en el suelo, le suplica que no la rechace, que es una mujer, que mire sus tetas, su culo, que se lo mamará, que sabe que ella lo excita. Entonces Ernesto se vira, explosivo, y lo comienza a patear. Coge a Love por los cabellos y le restrilla la cabeza contra uno de los espejos de la habitación. Luego, a pesar de los gritos y súplicas de Love, que sangra en el suelo, comienza a cortarlo con un pedazo de espejo roto, gritando que no es justo, que está harto de tanta humillación, que todos merecen morir. Love grita, pero Ernesto no lo escucha, no puede escucharlo, solo puede ver su pasado, cada persona que lo ha humillado, y cada persona es una puñalada en el cuerpo amorfo de Love.  

Después de matarlo, se lava y se marcha a pie a su casa. No se reconoce. No puede reconocerse. No es Ernesto, su Yo real, tampoco es su Yo ideal, el que había bailado y bebido toda la noche. Ahora es un asesino, un maldito, y mientras ve el sol salir, todo clarear, se siente oscuro, presa de la noche. No lo quiere admitir, pero le gustó lo que hizo. Tiene los calzoncillos mojados y siente un deseo maldito. Desea sangre.


©N.O.N.S./ 15 de febrero de 2004
/20 de noviembre de 2011

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