domingo, 5 de octubre de 2014

De un muerto para otro muerto: Manuel Abreu Adorno sobre Julio Cortázar


Lo que sigue a continuación es un artículo tipo crónica escrito por Manuel Abreu Adorno a partir de la muerte de Julio Cortázar el 12 de febrero de 1984. Abreu Adorno escribe sobre la relación intermitente que mantuvo con Julio Cortázar, uno de sus escritores favoritos. Irónicamente, Manuel Abreu Adorno moriría meses más tarde, el 25 de octubre de ese mismo año. Este artículo se publicó póstumamente en la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña entre julio y septiembre de 1985, por lo cual, al publicarse, un muerto nos hablaba sobre otro muerto. Lo dejo por aquí como tributo tanto a Cortázar como a Abreu Adorno, en conmemoración de los 30 años de sus respectivas muertes, acaecidas ambas en el año 1984, cuando Cortázar contaba con 69 años y Abreu con 29.

Julio Cortázar: las claves misteriosas de
 algunos encuentros y desencuentros

POR MANUEL ABREU ADORNO


Fue en San Juan que recibí la noticia de la muerte de Julio Cortázar. El 14 de febrero, día de San Valentín, de los enamorados, al mismo tiempo que me llegaba un telegrama desde París de mi querida compañera Frederick, me enteraba, a través de la prensa local, del fallecimiento del gran escritor argentino. Curiosamente, tal vez porque la vida precisa de esas antítesis, un telegrama de felicitación, de amor, se yuxtaponía al funesto parte de prensa, al obituario de rutina proveniente de los servicios de información de la “United Press International”.

            La primera reacción fue, claro está, de incredulidad, porque, para los hombres, la muerte, la desaparición física, la ausencia definitiva de un ser, resulta una dimensión ininteligible, sin punto de referencia o medida posible. Inaceptable, de plano, la muerte nos obliga a captarnos como incapaces de concebir esa fuga, ese viaje final, esa deserción, ese éxodo inesperado. Lo único verdaderamente cierto, irrefutable, irrebatible, la muerte, se presenta como fenómeno alógeno, extraño, desconocido. No obstante, es lo único que conocemos como destino último, y al mismo tiempo se nos escapa, nos rebasa, se manifiesta como condición antinatural, irracional, inconmensurable. Imposible reconocerse en la muerte, identificarse en la nada, proyectarse en el vacío. Pero ahí está; ese hombre alto y grande, de aspecto y espíritu juvenil, juguetón y serio, brillante e ingenuo, uno de los más extraordinarios cuentistas del siglo XX, cronopio mayor y amigo generoso, conversador apasionante, viajero infatigable y fantasioso. Y ya no está. El autor de Rayuela daba un salto decisivo sobre lo telúrico hacia lo estelar. El azar, lo fortuito, lo mágico, lo incondicionado, inscribían en ese inexorable decurso concluyente su potencia causal. Por fin las dicotomías falsas entre vigilia y sueño, realidad y ficción, objetividad y subjetividad, lo cierto y lo falso, lo bueno y lo malo, quedaban abolidas. Se marchó en el último Metro para hacer un trayecto interminable. Y allí en el Boulevard St. Germain, en la esquina de Odéon, lo vi partir para siempre, una cálida noche de agosto, a la salida de un restaurante donde habíamos cenado junto a otros amigos.

            A los 18 años leí por primera vez un relato de Cortázar, de su libro Final del juego, como parte de las lecturas obligadas para la asignatura de español en la escuela superior. Para mí fue un gran descubrimiento, una poderosa revelación de algo que hasta entonces no había experimentado en mis lecturas adolescentes; el juego ingenioso, el humor sutil, contribuían sustancialmente al placer del texto, al goce de la complicidad en la lectura. Cortázar me hacía sentir una profunda alegría a través de esa jubilosa fabulación que articulaba magistralmente en sus cuentos. Esa identificación inmediata con una dimensión de la literatura que hasta ese momento me había sido vedada, me convirtió rápidamente en un asiduo y voraz lector de su obra, por no decir fanático. A Cortázar le debo esa noción de la literatura como objeto placentero, como lúdica representación verbal de una frescura infantil permanente, como prodigiosa experiencia creativa que involucra al lector irremediablemente, como continuo experimento formal que no se agota. Le debo también su rigor y honestidad intelectual, su aguda sensibilidad de lo moderno y contemporáneo, la amplitud y diversidad de sus inquietudes, la gran riqueza de sus opciones literarias y culturales, la apertura sensorial y racional a otra realidad diferente de la que comúnmente conocemos. La obra de Cortázar fue, es y será siempre, para el entonces incipiente y ahora joven escritor que esto le dedica póstumamente, con admiración y respeto, una provocación, un estímulo, una incitación a la creación. Cortázar (ese escritor “amateur”) es punto de partida: propulsor, generador, inspirador; lugar de encuentro: agitador, desafiador, confabulador. Si algún cumplido se le puede rendir a la obra de un escritor (y esto lo hago con la obra de Cortázar), es haber tenido la facultad de modificar, alterar, transformar, de modo sustancial o parcial, las percepciones, categorías, actitudes y conductas de un lector.

Siendo yo entonces estudiante en Barcelona, mi buen amigo y poeta catalán Joaquín Marco, me dio la dirección de Cortázar en París, pues yo preparaba un viaje a la capital francesa en la primavera de 1976. Le escribí, enviándole unos poemitas y para proponerle un encuentro, y sorpresivamente recibí una tarjeta suya con una fotografía de una película de Drácula y el siguiente comentario en inglés al interior: “There’s something about you that I need”. En la foto aparecía Drácula próximo a besarle el cuello a una bella e indefensa mujer en ropa de dormir. Me comentó que desgraciadamente partía de viaje hacia Cuba y Costa Rica y que no podríamos vernos, por lo tanto, en París. Asimismo indicó su gratitud por el envío de los poemas y admitió haberle gustado mucho uno que yo había dedicado al Che Guevara. Ese fue mi primer contacto epistolar con Cortázar que luego se ensancharía con futuras cartas.

Transcurrieron varios años, y en el otoño de 1978, encontrándome en París como estudiante y acabando de publicar mi primer libro de cuentos, decidí escribirle para obsequiarle el libro e intentar nuevamente la concertación del anhelado encuentro. Unas semanas después recibí una cartita suya, en extremo elogiosa, donde expresaba su entusiasmo por mis cuentos, señalándome otra vez que debido a un próximo viaje que iba a hacer, no podríamos reunirnos hasta pasadas las Navidades. No creo que jamás haya sentido tal satisfacción (desde el punto de vista de mi obra literaria) como al recibir su carta. Esa carta de Cortázar, de noviembre de 1978, se encuentra entre las cartas más importantes que me han dirigido en toda mi vida.

Volví a escribirle agradeciéndole su carta y para fijar una cita pero sus viajes frecuentes y sus múltiples compromisos hacían el proyecto irrealizable. Y una noche, habiendo transcurrido un tiempo considerable, decidí ir a una actividad en la Sorbona en apoyó la campaña de alfabetización que lanzaba el recién constituido gobierno sandinista de Nicaragua. Cuando entré al anfiteatro, todavía no había comenzado la actividad, y mirando hacia la primera fila lo divisé conversando con un amigo mutuo, el escritor paraguayo Rubén Bareiro-Saguier. No pude contener la emoción y me apresuré a saludarlo, estrechando la mano de Rubén primero y luego presentándome directamente a él. “Se acuerda de mí, yo soy fulano de tal, etc…” “Sí, desde luego, usted me ha escrito varias cartas y yo le he respondido algunas. Sí, recuerdo que me envió su libro de cuentos y que yo le escribí una carta sobre el mismo. ¿Qué está escribiendo ahora? Me parece muy bien. Hay más posibilidades de publicación para una novela que para un libro de cuentos…” Y yo estaba tan nervioso que casi no presté atención cuando me presentó a su esposa, la escritora Carol Dunlop (fallecida hace más de un año), que siendo mucho más baja de estatura que él sin embargo parecía corresponderle perfectamente. Me retiré, habiéndome quedado corto de palabras, repentinamente enmudecido por la excitación.

Volví a escribirle algunos días después de aquel encuentro breve pero muy gratificador para mí. Le pedí una entrevista donde hablara de Puerto Rico, de su problema político en relación al resto de América Latina. No contestó a mi carta. Impulsado por el deseo de volver a verlo, le había propuesto, como excusa, la entrevista y el artículo periodístico. Sin embargo, también creía importante y necesario informarlo más sobre Puerto Rico, y la entrevista serviría a ese propósito.

Algunos meses después, encontrándome en una manifestación de solidaridad con El Salvador y los demás países centroamericanos, lo vi varios minutos antes de comenzar la marcha. Y allí en la Bastilla dentro de un café atestado de manifestantes, tuve un segundo encuentro directo con él. Lo saludé nuevamente, recordándole quién era. “Sí, claro, ¿cómo te va? Pero yo creía que estabas en Puerto Rico…” “No, sigo en París…” “¡Muy bien! Tendremos oportunidad de reunirnos con Saúl Yurkievich próximamente… Me alegra verte en estas actividades…” Le dije que hablaría con nuestro mutuo amigo Saúl Yurkievich para reunirnos en las próximas semanas. “Muy bien, ponte de acuerdo con él y que me llame”, dijo estrechando mi mano. En efecto, hablé con Saúl pero nunca logramos ponernos de acuerdo al respecto. Tal parecía que estaba destinado a ver a Cortázar, a encontrármelo, por un azar concurrente, por una casualidad imprevisible o por pura coincidencia de afanes en el terreno político social. Eso correspondía a él y a su obra; lo incondicionado, lo fortuito, determinaban nuestros encuentros y desencuentros. Una cita formal, planificada, oficializada, resultaría probablemente aburrida tanto para él como para mí. El “mágico encuentro” en el Metro de París (siempre lo busqué en el Metro y por eso nunca lo encontré) no podía ser posible; era demasiado literario, imaginable. La trama era otra entre nosotros.

     
       Al cabo de un tiempo, volví a verlo, esta vez en el Palacio de Chaillot, en Trocadero, al final de una lectura de poemas de Saúl Yurkievich. Otra vez, sin quererlo, sin buscarlo, me topaba con el gran escritor argentino, ahora visiblemente afligido por la reciente muerte de su esposa Carol. Me reiteró su interés de reunirnos después de un viaje que iba a realizar en esos días de noviembre de 1982. Luego supe cuáles habían sido las circunstancias del fallecimiento de su compañera y me sentí avergonzado por haberle propuesto imprudentemente que nos reuniéramos, estando él profundamente abatido por una pérdida reciente.

Unos meses más tarde, mientras se celebraban las jornadas nacionales de poesía en Francia, en 1983, el Centro Nacional de Arte y Cultura Georges Pompidou, organizó una lectura de poesía latinoamericana con la participación de Cortázar entre otros. Mi buen amigo y excelente poeta boliviano Eduardo Mitre, me invitó a acompañarlo a la lectura. Tratándose de una actividad donde participaba Cortázar, accedí sin vacilación. Yo había escuchado varios discos donde Cortázar, con su acento francófono, leía algunos textos suyos, pero nunca lo había escuchado en persona. Confieso que fue conmovedora su participación aunque desde el punto de vista estrictamente poético sus textos fueron algo decepcionantes. Cortázar nunca se destacó como poeta propiamente (aunque la poesía asoma en algunas de las más memorables páginas de Rayuela al igual que en muchos otros textos suyos) y su lectura de un poema dedicado a su esposa muerta y de otro dedicado a la Nicaragua sandinista, me pareció matizada de un sentimentalismo bastante ingenuo. No obstante, desde el punto de vista afectivo, transmitió su pena, su dolor frente a la ausencia de la mujer que amaba, y manifestó su entusiasmo, mezcla de esperanza y combatividad, por la Revolución Nicaragüense. Yo había decidido no acercármele otra vez, al finalizar la actividad, porque si algo quería comunicarle sólo podía hacerlo a través de mi obra, es decir, obsequiándole un nuevo libro. Ese era mi mayor tributo y la muestra más elocuente de mi simpatía por él y su obra. Desgraciadamente, tenía una novela, inédita, y por eso no hallaba en realidad ningún motivo válido para volver a abordarlo directamente. Quería poder tener mi primera novela, lista, publicada, para ofrecérsela. Desistí entonces de todo intento de contacto con él hasta tanto no tuviera otro libro que entregarle. Me marché de la lectura convencido de que algún día, en un futuro no muy lejano, podría entregarle un ejemplar de mi próxima obra de carácter narrativo.

En junio de 1983, el Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, celebró su congreso anual en la sede de la UNESCO en París. Como parte de las actividades del congreso, se llevaron a cabo lecturas y charlas de destacados escritores latinoamericanos. En la Maison de l’Amérique Latine, en el Boulevard St. Germain, se celebró una lectura donde participaron la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, Cortázar y el poeta Montes de Oca. Fui a la lectura, en una acogedora y pequeña sala atiborrada de público, y de pie, al fondo, lo escuché leer tres textos suyos, de carácter narrativo, incluyendo uno de su delicioso libro Historia de cronopios y famas. Lo miré, intercambiamos miradas brevemente, me sonrió reconociendo mi presencia entre el nutrido grupo de oyentes. Teniendo la oportunidad, por el reducido espacio de la sala y por la naturaleza íntima de la lectura, de saludarlo y estrecharle la mano, decidí que era mejor esperar al momento cuando tuviera verdaderamente algo que decirle. Salí muy complacido con su lectura, por la frescura infantil que todavía, a pesar de sus 69 años, conservaba.

Una tarde de agosto, particularmente calurosa, me encontraba sentado en la terraza de un café frente al Fontaine des Innocents en el Quartier Les Halles, en pleno centro de París. Tomaba una cerveza y observaba el desfile de gente, la procesión de turistas de todas partes del mundo que para esa fecha invaden la ciudad. Una muchacha se me acercó y me habló en español: “¿Tú no eres Manuel Abreu?”, me preguntó con una duda genuina pintada en su cara. “Sí, por qué”, respondí examinando su rostro. “Tú no te acuerdas de mí pero nos conocimos en el Viejo San Juan hace varios años, en el Bar “El Batey”, yo soy la amiga de Ricardo…” Le dije cortésmente que desde luego que me acordaba (era una muchacha muy guapa) aunque me tomó varios minutos ubicarla. Andaba con una amiga, también puertorriqueña, de viaje por Europa. Fue una sorpresa muy grata y decidí darles un “tour” por el Barrio Latino, como se debe hacer en tales circunstancias. Y una vez salimos de la librería “Shakespeare and Co.” escuché que alguien me llamó, “Manolito”, desde la terraza de un café cercano. Era Manuel Maldonado Denis, el destacado sociólogo puertorriqueño, que estaba acompañado de Juan Manuel García Passalaqua y de sus respectivas esposas. Lo insólito; encontrarse con seis puertorriqueños en las calles de París en una misma tarde, me sucedía por primera vez. Los saludos cordiales, las presentaciones de rigor, y luego fijamos una cita para el día siguiente en su hotel de la rue l’Odéon. Manolín me anuncia que está de paso por París, que viene junto a García Passalaqua de un congreso en España. Me dice que va a ver a Ángel Rama en la tarde y que en la noche ha invitado a cenar a Julio Cortázar, con quien trabó amistad en La Habana en 1965. Quedo generosamente invitado a acompañarlos a ambos compromisos, sin ser capaz de sospechar que esos dos hombres, poco tiempo después, estarían ambos muertos.

Visitamos a Rama, un hombre cordial, intenso, y que lucía algo cansado y enfermo (había sido operado del corazón y expulsado de los Estados Unidos). La conversación fue ágil y amena y se habló de los amigos comunes, del caso del Cerro Maravilla, de las razones de su expulsión arbitraria de los Estados Unidos, de las posibilidades de Puerto Rico de entrar a la UNESCO, entre otros temas. Nos despedimos y yo le prometí que lo llamaría para reunirnos en otra ocasión. Esa reunión no tuvo lugar, aunque sí hablamos por teléfono en dos o tres ocasiones y yo le envié por correo un ejemplar de mi libro de cuentos. Tres meses después, Rama y su esposa Marta Traba, fallecían en un accidente aéreo en Madrid. En el mismo accidente perdía la vida también el conocido escritor peruano Manuel Scorza.

A las siete de la tarde esperábamos a Cortázar en la terraza del café George Killian’s Tavern, frente al hotel donde se hospedaban Maldonado Denis, García Passalaqua y sus respectivas esposas. Yo fui quien primero lo vio venir bajando por la rue de l’Odéon. Le hice una señal con la mano y se acercó lentamente, con su “Le Monde” bajo el brazo, hacia donde estábamos sentados. Después de saludarnos, se sentó al extremo de la mesa, frente a mí. Habló de su salud, de una enfermedad epidérmica que lo aquejaba, de su edad avanzada, como el que empieza a sentir los achaques de la vejez y tiene que acostumbrarse y resignarse. Algunos minutos después llegaron las respectivas esposas de Manolín y García Passalaqua y lo saludaron respetuosamente algo intimidadas, tal vez, por la enorme fama del novelista gigante y barbudo. Cortázar pidió un jugo de tomate y nosotros unos whiskies con hielo, mientras se ultimaban los detalles de su proyectado viaje a Puerto Rico, invitado por la Fundación Ana G. Méndez que García Passalaqua representaba legalmente. Firmó el contrato sin leerlo y se discutió acerca del visado, de los problemas con la aduana norteamericana en San Juan, de las gestiones y trámites que debían hacerse en la Embajada de Estados Unidos en París. Luego él procedió a autografiar, a dedicar algunos ejemplares de sus libros que Maldonado Denis había traído de su habitación en el hotel. Se le entregaron varios libros de literatura puertorriqueña y el libro Puerto Rico: una interpretación histórico-social, del propio Maldonado Denis. Dio las gracias sinceramente y prometió que los leería con mucho gusto.

Yo sugerí el restaurante “La Vagenende”, en el Boulevard St. Germain, que por su decoración “belle epoque”, su buen servicio y sus precios razonables, más la calidad de su cocina, me pareció un lugar ideal para cenar con suficiente calma e intimidad. Y nos dirigimos a pie al restaurante cercano, Manolín y yo escoltándolo, en cierto modo, mientras que el resto del grupo iba un tanto rezagado con la lentitud característica del que no está acostumbrado a un ritmo urbano vertiginoso.

Le dije que había terminado una novela en esos días, mi segunda, y que me sentía bastante satisfecho con los resultados finales. Me preguntó si ya tenía editor para la misma y le respondí que mis amigos en Barcelona iban a ayudarme a publicarla. Tal parecía que él quería ofrecerme su ayuda en ese sentido pero me sentí un tanto avergonzado y le respondí que conseguiría un editor sin problema (no fue así). Hablamos de las novelas extensas, de Terra Nostra de Carlos Fuentes, de esa tendencia actual a la novela voluminosa, de fondo histórico, como El nombre de la rosa de Umberto Eco.

Entramos al restaurante y nos sentamos en una mesa del fondo, a la izquierda. Cortázar se sentó a mi lado, entre la esposa de Manolín, Alma, y yo. Frente a nosotros estaban, de izquierda a derecha, García Passalaqua, su esposa y Manolín. Se ordenaron aperitivos, Vermouth, creo, y se pidió la lista de vinos. Cortázar seleccionó un vino tinto que iba muy bien con el “Faux filet” con papas fritas que había seleccionado. Todos pedimos lo mismo, en su nombre, y la conversación se inició  con una discusión entre Manolín y Juan Manuel acerca de cuál era el mejor hotel de San Juan para hospedar a Cortázar. La decisión, sin duda, estaba entre el Caribe Hilton y El Convento. Luego se evocó la figura mítica de Roberto Clemente y yo hablé de la alienación a través del deporte. Cortázar estuvo de acuerdo conmigo y citó el caso del Mundial de Fútbol en Argentina. La “boricuada”, aquella conversación desabrida, un tanto incoherente y heterogénea (se pasaba de Clemente a la junta militar argentina sin transición) parecía una de esas ensaladas criollas, burundanga tropical y caribeña, que sólo nosotros sabemos apreciar. Se habló de Rayuela, de El libro de Manuel; se hicieron preguntas a propósito de ambas novelas. Él respondió con mucha delicadeza (¡cuántas veces no le habían formulado las mismas preguntas!) demostrando su naturaleza refinada y generosa. A ratos, entre Manolín, Juan Manuel y el que esto escribe, parecía reproducirse algún debate dominical de los de “Cara a cara ante el país” (ante Cortázar en esta ocasión, espectador y moderador al mismo tiempo) por lo indisimulable y vehemente de nuestras divergencias, expresadas con briosa cordialidad, sobre la realidad puertorriqueña. Se habló, a renglón seguido, de Centroamérica, de Nicaragua, de la intervención de los Estados Unidos en la zona, de la posibilidad de una invasión directa a la luz de los acontecimientos en Granada. Él relató alguna que otra anécdota curiosa (en una ocasión, encontrándose en Nuevo México, firmó su autógrafo sobre un billete de un dólar) y yo elogié su trabajo como traductor (sobre todo las traducciones de la obra de Poe, que fueron publicadas en Puerto Rico por primera vez), poco conocido por los allí presentes. La “batalla de la lengua” en Puerto Rico ocupó nuestra atención durante varios minutos. Éramos hispanoparlantes porque habíamos resistido la asimilación lingüística que se nos había impuesto. Yo hablé de Cuba, del español que se habla y se escribe en esa isla, como uno de los más ricos en todo el ámbito hispanófono. Cortázar estuvo de acuerdo y añadió: “Y que tiene su más grande exponente en Lezama Lima”. “Exactamente”, le respondí muy complacido. “Hablaremos de él la próxima vez que nos reunamos, con Saúl”, dijo para terminar.

Había mucha gente en el Boulevard St. Germain esa noche. Caminamos en dirección de Odéon, donde él tomaría el Metro hasta Chateau d’Eau, que era la estación más cercana a su casa en el número 4 de la rue Martel. Yo tenía otra cita esa noche y me despedí con mucha prisa pues ya estaba retrasado. Le di la mano a Manolín, a Cortázar, que me dijo: “Hasta la próxima vez, cuando nos reunamos con Saúl”. Me despedí de Juan Manuel, de las respectivas esposas y agradecí la invitación y la cena y me marché por la callecita St. Gregoire de Tours muy contento, eufórico casi, seguro de que volvería a verlo. Y él entonces se marchó con el último Metro para hacer un trayecto interminable. Y allí, en el Boulevard St. Germain, en la esquina de Odéon, lo vi partir para siempre, una cálida noche de agosto, a la salida de un restaurante donde habíamos cenado junto a otros amigos.





Publicado originalmente en

Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Año XXIV, núm. 89, julio-sept 1985. Págs. 57-62

jueves, 25 de septiembre de 2014

El Verdugo















Ahí estás otra vez.
Mira tu cara,
toda trasnochada;
tus ojos rojos,
tus ojeras profundas,
tu semblante amargado,
tu postura encorvada.
Eres un guiñapo de hombre.
Si solo me hubieras hecho caso,
so pendejo,
no estarías así,
sufriendo como un soberano idiota.
Te lo mereces
por no escucharme.
Vamos,
lávate, cepíllate los dientes,
¡péinate!
Ahora eres un cabrón
y estaré todo el día
RECORDÁNDOTELO.


                                         (2008)

Pañales















“Papi, se puede,
no estoy ovulando.”

Eso dijiste
y mírame aquí
comprando pampers
en el supermercado.

Coño,
te dejaría,

pero es mi hijo
y el ASUME
está caro.



                                (2008)

Arrepenti-miento














Contrito y humillado
el hombre pide perdón
para volver a tener sexo. 




                                                          (2011)















Es el dolor cerebral
mezclado con el dolor muscular
(la danza de buitres y cuervos
con la carrera de las hormigas rojas)
lo que no me permite
funcionar en esta bóveda infecta,
que para algunos es un paraíso,
para otros un edificante purgatorio,
pero que para mí
es un abrasador infierno
porque carece de esperanza
y está llena
de gusanos de dolor.

Dolor
-esa es la divisa-;
putrefacción,
con el acecho de los buitres y los cuervos
y las rojas hormigas
que sufre la moribunda sombra,
el escuálido casi cadáver,
tirado en la arena del desierto,
al lado del oasis,
donde se lleva a cabo la orgía
de los lobos y caperuzas,
bajo la aburrida mirada
de un sol indiferente.

                  
  

                                                                                2011
















Sucede que me canso de ser hombre,
que quisiera ser un pájaro
y tener el alimento,
aunque sean mocosos gusanos,
al alcance de cualquier
pedazo de tierra.

Coño,
volar,
y no tener que pensar
en que no tengo dinero
para una cajetilla de Winston Menthol
ni para comprar nuevos libros
póstumos de Bolaño.
Y ni se diga
para sacar a mi novia a pasear
y bajo la escrutadora mirada de múltiples espejos
gozar de su cuerpo.

Quisiera ser un pájaro
para no tener este cerebro
de IQ ligeramente superior
que solo me permite pensar;
qué digo pensar,
filosofar
acerca de mi fracaso;

de todo lo que pudo haber sido
y no fue,
que no es.
Que solo me permite filosofar
acerca de la fragilidad
de las cosas humanas,
de que todo,
absolutamente todo,
termina chorreándose
como los relojes de Dalí,
sobre todo la esperanza
y la idea de un Dios
y de justicia póstuma,
con conciencia,
que conlleva.

Sí,
quisiera ser un pájaro
y volar,
aunque termine devorado
por una muerte con forma de gato.


                                                                                 (2011)





jueves, 14 de agosto de 2014

miércoles, 9 de julio de 2014

Debaser?
















Soy un perro andaluz,
un degradador.
Mentira.
No llego a una canción
de Pixies,
menos aún
a una película
de 1929
del gran Buñuel
y el loco Dalí.
De vanguardista
solo tengo mi nariz,
mi barriga incipiente
y, cuando me excito,
mi pene erecto.
En lo demás,
soy más conservador
que Reagan,
el papa
y el comunismo
de Fidel Castro.
Un chien andalusia,
sí, claro.
Más bien,
un globo ocular cortado
por la navaja
de la mediocridad
y el aburrimiento...
Navaja en las manos
del demonio
de la cotidianidad,
que corta
y me deja ciego
para las posibilidades
nuevas
del ser y el tiempo.

viernes, 16 de mayo de 2014

En la tierra baldía














Se han secado los ríos,
la tierra ya no da fruto,
los animales han muerto,
dejando un olor a fetidez;
las personas,
las personas se han ido...
Te dejaron atrás
mientras dormías en la noche.
Solo quedas tú,
el silencio que es ruido
ensordecedor en tus oídos,
y la brisa cálida
que acaricia tu dolor.
Te acuestas 
en la tierra baldía
y maldices al sol 
mientras,
con los ojos ardientes,
dibujas figuras
con las pocas nubes
que todavía
quedan en el cielo.
       

sábado, 26 de abril de 2014

A la niña de ojos tristes

















Tus ojos me miran
desde un distante ayer
que parece presente;
con una tristeza
que parece de siglos
y un dejo de reproche.
Sí, cambiamos.
Al parecer ya no hay tanta pobreza
y la solemnidad
la transmutamos en carnaval.

Hoy parecemos felices,
estamos mejor alimentados,
sabemos un poco más,
nos modernizamos,
posmodernizamos
y nos hipermodernizamos.
Pero todo cambió
para continuar igual.

¿En qué momento
lo jodimos todo?
Quizá siempre lo estuvo;
quizá siempre lo estará.
No sé, niña,
pero te miro y me miro
y siento tu tristeza,
que es mi tristeza;
y siento tu reproche,
que es mi reproche.
Todo lo que pudo haber sido
y no fue,
y que, por lo visto,
no será.
O al menos no lo veré,
como tú tampoco lo has visto.
Ese momento en que,
aunque sea un poco,
seamos mejores
y no como serpientes
que muerden su cola,
creando un espacio circular.
Ese momento
en que todo cambie
para ser diferente,
mejor,
y por fin, niña,
esa mirada penetrante
cargada de melancolía,
que me mira y nos mira,
se vuelva pasado. 

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*Foto: 
Jack Delano
"Daugther of a Farm Laborer, Near Caguas, 1941"

El poema está basado en la exposición de Jack Delano Puerto Rico mío, también conocida como Contrastes, la cual se publicó posteriormente como libro. Lo escribí como parte de mi participación en la exposición del Museo de Arte de Ponce (MAP) Paraísos y Palabras: Un diálogo entre el arte y la literatura en Puerto Rico.

domingo, 30 de marzo de 2014

Reseña de "Fuego fatuo" publicada en El Nuevo Día




Minúsculos estallidos poéticos

El poemario de N. O. Núñez ofrece una
corta y ligera distracción de lo cotidiano



José Borges

El fuego fatuo es un fenómeno de la naturaleza que despertaba la imaginación de quienes lo presenciaban. Se trata de una combustión causada por gases expelidos por organismos en estados de putrefacción en lugares como pantanos y cementerios que emite una pequeña llama azul a poca distancia del suelo. Era, pues, fácil atribuirle características sobrenaturales y cuasiespirituales a falta de una explicación científica. En el folclore europeo se le conoce como will o' wisps y pensaban que eran espíritus que intentaban engañar a los viajeros de su camino. En su poemario Fuego fatuo, N. O. Núñez presenta una serie de poemas cortos a modo de distracción del viaje de la vida para sus lectores.

El poemario está dividido en siete partes: “Ars”, poemas de la poesía misma; “Televidente”, inspirados en programas de televisión de los años ochenta y noventa; “Jóvenes y artistas”, observaciones de las nuevas corrientes artísticas; “McWorld”, una mirada al sistema político y económico del mundo globalizado; “Juego de poder”, poemas de ironías amorosas; “I am so lonely”, que tratan de la soledad; y "¡Despierta! (o mareándose en el carrusel)", que son poemas de un corte más existencial. Todos son breves, algunos de apenas un verso.

A pesar de ser un poemario, se lee más bien como microrrelatos en vez de poesía. El mismo autor alude a este hecho en el poema “Mediocridad”, que juega con sus inseguridades. Algunos poemas son humorísticos, sarcásticos e ingeniosos, a veces. En otras ocasiones son temas sexistas, patéticos e intolerantes, según las sensibilidades y sentido del humor de los lectores. Resaltan “Titanic”, “Paradojas”, “Sacrificio posmoderno” y “Abandonado”.

Fuego fatuo ofrece una corta y ligera distracción de lo cotidiano con muestras cínicas de esa misma cotidianidad que leen como alude su título: una combustión corta e intensa.


Twitter: @JBorges

Publicado en El Nuevo Día el domingo, 30 de marzo de 2014
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*Me tomé la libertad de corregir ciertas erratas del texto original. Y me gustaría hacer unas aclaraciones. La sección "Televidente" no solo está compuesta de poemas sobre series de televisión de los ochenta y noventa, sino que se divide en dos partes, una de las cuales es sobre películas que van desde la década de los setenta, como Rocky, One flew over the cuckoo's nest, Taxi driver y Star Wars, hasta películas de la década del 2000.   

La sección "Jóvenes y artistas" no es del todo sobre las nuevas corrientes artísticas. Más bien es sobre el cuestionamiento entre decidir por una vida "normal" o una dedicada al arte y lo que ello conlleva; más el fracaso artístico, la fugacidad del tiempo vista a través de los artistas del mundo pop y su lenta pero segura degradación y, claro, el elemento de que en nuestra sociedad los artistas son referentes que imitamos -en ocasiones de manera ridícula- y a los que muchas veces endiosamos.  

Quiero añadir que, según mi parecer, los poemas no se leen como microrrelatos puesto que pocos de ellos, sino es que ninguno, son narrativos. En todo caso serían como "micromonólogos" o "aforismos", si fuéramos a etiquetarlos. Además, el reseñista habla del "autor" y los poemas son ficciones, por más elementos autobiográficos que puedan tener, y por tanto lo correcto sería hablar de un "sujeto poético". Por otra parte, no todos los poemas son de un verso. De hecho, hay poemas de tamaño "normal" y unos pocos que son largos y toman dos o más páginas.  

Creo que eso es todo.

PD. No sé si es correcto hablar sobre mi propio libro, corregir al reseñista, interpretar mi libro. No, creo que está mal, porque es impositivo. Estoy diciendo cómo debe leerse el libro y se supone que como autor esté muerto, y los muertos no hablan. Así que seré una voz desde el más allá... la cual pueden ignorar o reprender en el nombre de Barthes. 

Atentamente, 

N. O. Núñez

Reseña de "Fuego fatuo" publicada en el periódico El Nuevo Día
























Reseña escrita por José Borges y publicada en el periódico El Nuevo Día el domingo, 30 de marzo de 2014.

Fuego fatuo pueden conseguirlo a través de amazon y en Puerto Rico en las siguientes librerías. Ponce: El Candil y Last Galaxy Comic; San Juan: Librería Mágica, Librería La Tertulia y Librería Libros AC.

La foto es pequeña, pero espero próximamente transcribir el texto.





miércoles, 12 de marzo de 2014

Fuego fatuo o el televidente




César Santiago

Fuego fatuo o el televidente

Ensayo leído en la presentación de Fuego fatuo de N. O. Núñez el 20 de febrero de 2014 en el Centro Cultural Carmen Solá de Pereira en Ponce, Puerto Rico

Cuando Neftalí me pidió que le presentara su libro, yo le dije que por supuesto lo haría, que sería un honor para mí. Pero a las par de semanas, cuando ya llevaba tiempo con el libro para ver cómo preparaba lo que iba a decir, me puse nervioso. Dos razones; una que hace tiempo que no me paro frente al público, para leer, declamar… ni para hablar en lo absoluto; segundo que presentaría un libro, lo cual sería mi primera vez. Porque simplemente no es lo mismo leer el libro para uno, por placer. Sino que lo tenía que analizar desde un punto de vista crítico, y sentarme a observar las cosas buenas y malas de este. Ahí fue que me dio pánico y me dije “ya pa’ qué, tienes que hacerlo y tiene que quedar bien”. Y le di una última lectura a la copia que me regaló Neftalí, la cual masacré con un lápiz. Porque como mencioné, no es leerlo y sentirme cómodo con el texto, sino desmantelarlo para poder destilar una lectura. Tampoco es crear un análisis complejo, sino una serie de observaciones, las cuales demuestran una lectura -que en este caso es la mía-, con el propósito de que ustedes se intriguen con la gran labor de mi colega y muy buen amigo Neftalí… Siendo de esta manera responsable con todos: el texto, el autor y ustedes los lectores.

Fuego fatuo retrata no solamente las percepciones de nuestro autor aquí presente, sino la de muchos de nosotros. Enmarca una crianza -la cual todavía se encuentra en efecto por los medios de comunicación en general y como estos manipulan nuestra manera de percibir, aceptar y remediar en nuestras vidas- de acuerdo a una guía fantástica llamada televisión. A pesar de todo, la televisión no es la única que trabaja de esta manera. En nuestra actualidad, el radio, el cine y la Internet ejercen de una manera muy enferma y eficaz lo que una formación normal debe ser; sin olvidarnos de que la religión se cuela por ahí, en las esquinas.

La formación del autor, al igual que la de muchos aquí presentes, reside en la televisión y los libros como primera fuente de adquisición de información. De hecho, nuestros credos e ideales de querer salvar el mundo se deben al bloque de las tres a cinco de la tarde y luego al bloque de las seis a nueve de la noche (estableciendo la pausa de las noticias), en la gran gama de canales que nuestro televisor uhf/vhf podía soportar, que eran como de cuatro a cinco canales, más o menos. Pero para al momento que llegamos a la universidad y nos graduamos, nos damos cuenta que la realidad de nuestra vida es muy cruel y que la televisión, al igual que muchas otras cosas y personas, nos miente y debemos enfrentarnos a la realidad de que todo el mundo se comporta como individuo primero… Tal vez lo único cierto de The Walking Dead.

El libro se divide en siete partes: Ars, Televidente, Jóvenes y artistas, McWorld, Juego de Poder, I am so lonely y ¡Despierta! La travesía del poemario se puede observar como la de un televidente promedio, el cual está acostumbrado al bombardeo de los medios y que reconoce durante su viaje el choque de ideas que existen entre la formación natural de los seres humanos versus la crianza artificial de la televisión. En nuestro caso, el televidente es el lector.

ARS la podemos describir como una introducción estilística o estructural de lo que podemos esperar de este compendio poético. Nuestro escritor se declara como uno que observa, registra y reproduce, pero que se encuentra detrás de todo, deseando que ocurran eventos fortuitos (negativos o positivos) con el deseo de tener referentes para que ese ciclo continúe. Un ciclo que se va achicando según nuestra capacidad de información aumenta. Lo que establece que poco a poco nos quedamos sin referentes para poder seguir reproduciendo la vida en papel. Por consiguiente, tal vez es la única parte del poemario donde el personaje del libro, el Televidente, se desdobla no solo en narrador y lector, sino también en creador. Sin olvidar que en esta introducción declara el porqué desea ser espectador. Ejemplos de esto son “Ars” y “Deseos malditos por un buen arte”, los cuales me permito leer íntegramente.

ARS

Como una cámara de video,
veo,
registro,
edito;
pero estoy detrás
de la vida.

Deseos malditos por un buen arte

Que haya más guerras, más violaciones,
toneladas de violencia y derramamiento de sangre;
más injusticias,
más dolor, más locos y más suicidas,
más asesinos y más dictadores,
más corrupción,
más genocidios, plagas y enfermedades,
más catástrofes,
más crisis nerviosas y familiares,
más divorcios, sí,
y más desgracias y más accidentes,
y drogadictos y alcohólicos, 
para poder leer y escribir
buenas novelas, cuentos y poemas,
para poder
ver cine y series televisivas,
artísticas,
que valgan la pena. 

Televidente. En esta sección, la televisión se presenta como la gran reformista de ideas, nombrando una serie de programas de televisión al igual que muchas películas que, de una forma u otra, nos han tocado a todos o simplemente pasaron por desapercibidas y solo unos pocos pasamos por ellas. Enfrenta las ideas que estos programas establecieron y cómo afectaron al televidente; todas destiladas por la percepción del televidente, que en el caso del texto, es cada uno de nosotros. Por ello se presentan poemas dedicados a películas y series de televisión, haciéndolas responsables de sembrar ciertas ideas que ya de por sí no son ciertas o nunca lo fueron.  El poema que resume todo este conjunto sería “Alf”:

Alf

Alf,
so cabrón,
me engañaste.
Claro que hay problema.
Todo es un problema.


En Jóvenes y artistas observamos cómo estas ideas representadas en la sección anterior toman vida y presentan una realidad alterada por la televisión y la manera en que nosotros, como televidentes activos, las tomamos para nuestras vidas; para que más tarde estas ideas retornaran en propaganda de consumo, como sucede en la sección de McWorld. Lo que implica hasta cierta forma nuestra adolescencia y lo que queremos ser, pero a su vez observamos a nuestros padres y sus referentes y simplemente nos damos cuenta que podemos ser nosotros; pero aún hay cierta negación de parte nuestra. Esto se presenta  en el poema del mismo nombre, “Jóvenes y artistas, y “Todo tiene su final”, que observa lo que deseamos y que no necesariamente lo que deseamos es, fue o permanecerá siendo “cool”, tal como, parafraseando el poema “Todo tiene su final”, los movimientos de Mick Jagger que antes eran cool ahora son ridiculeces de un viejo arremozado.
       
     McWorld y Juego de poder establecen la fuerza que tiene el dinero y el sexo, en esas ideas de reforma que anteriormente el televidente sufre a consecuencia del consumismo. En “McWorld” se concentra más en el aspecto consumista del mundo (o sea el dinero)  y cómo este se percibe a través de los ojos del televidente. En el poema “Paradojas”, se observa la interpolación del comunismo y el capitalismo, donde

El capital de Marx,
ese libro comunista
y para el proletariado
(entre comillas, claro)
cuesta más
de 40 dólares;
mientras
La riqueza de las naciones,
ese libro tan paradigmático
del capitalismo,
cuesta
más o menos
la mitad.

Y a su vez la hipocresía de la religión con “Sacrificio posmoderno”, que deja en entredicho el concepto actual de sacrificio: “Comen langostas/ en Semana Santa.” Por otra parte, en “Juego de poder” habla de cómo el sexo se utiliza para entablar ese poder en el amor; y no necesariamente es una cuestión de género, sino simplemente el poder que tiene el sexo sobre nosotros, como se ve en “Vicio”:

Tienes una droga entre las piernas.
¿Nos mutilaremos para salir del vicio?

 y  en “Relaciones”, donde el discurso amoroso se desmitifica, puesto que, como dice la mujer del poema, el hombre solo quiere compartir un orgasmo con ella.  

Para cuando llegamos a I am so lonely y ¡Despierta! observamos cómo el televidente resurge y se da cuenta que por medio de un grito y del acto de revelar su opinión cae en la realidad. Realidad que lo aturde y disminuye su cosmos a sí mismo, a consecuencia de todo lo establecido por los medios de comunicación y el poder de ejercer presión que tiene el dinero y el sexo sobre nosotros. Por lo tanto la soledad. Pero soledad que no se determina si es una causada o una real. Me explico, una soledad mediática, meditativa o de mero sentimiento de soledad, por el simple hecho de lo exhaustivo que puede ser para muchos el estar muy cerca de la verdad de las cosas que nos rodean. Que es lo que se puede discernir de primera intención en “¿Qué carajos es soledad?” y en “Misántropo”. Que de hecho, “Misántropo” es una muy buena reacción a un aforismo de Facundo Cabral: “La masturbación es una declaración silvestre de independencia”.

Misántropo

Tú chichas
Él chicha
Ella chicha
Ustedes chichan
Yo
Me masturbo.

  La sección de ¡Despierta! es la aceptación, es el acabose. Despertaste de un sueño no tan sueño que nos toca y que debemos aceptar como reflejo de la realidad deseada por todos y que no existe. Que simplemente si no puedes con ellos úneteles y haz lo mejor que puedas en este mundo, donde se intenta recriminar y echar culpas. Pero a la hora de la verdad la culpa es huérfana y nadie responde por ella, como sucede en “Abandonado” y “Vivir es caminar dando vueltas”, donde en el primero Dios nos abandona a nuestra suerte y como dice en el poema:

“y te sentaste
con tus popcorns
a deleitarte
en la película de mi desgracia.”


 y como dice en el segundo, ya descreído:

no hay paraíso
en esta obra de arte kitsch que es la vida,
solo ciclotimia, ciclotimia,
            ciclotimia…
Risas que truecan en llanto;
llantos que truecan en risas
                                       cínicas y escépticas,
desconfiadas
                     ante el ruido barroco urbano
                     y el concierto barroco rural.” 
Para luego añadir:
 
“Miro al horizonte,
donde el cielo abraza a la tierra,
y sé que es una ilusión.
Más allá está el espacio
y no está Dios ni la felicidad metafórica
            que implica.
Más allá está un abismo que nos contiene,
lleno de gas y fuego,
                                carente de oxígeno.
Más allá no hay nada,
                                  está la Nada.
La muerte asiente,
siento que por unos segundos
                                            deja de bombear mi corazón…”

Por lo que nuestro lector, televidente, nosotros, terminamos simplemente trabajando momento a momento esperando el desgaste natural del todo. Dejando que la vida se mueva y poder en el ínterin atrapar ciertos momentos de los que dan vueltas para simplemente reírnos, crecer y bajarnos del carrusel que es la vida -analogía utilizada por el autor en su poema “Carrusel”-, cuando nos toque. 

En resumen, Fuego fatuo es la encarnación o colección de observaciones de un televidente. Observaciones de un mundo que se puede considerar muerto y en putrefacción debido a la ostentación, corrupción, abusos de poder y banalidades que lo dominan; pero como fuego, produce luz, la cual no importa su fuente, siempre ilumina.

Muchas Gracias.


*Dicho ensayo ha sido modificado para publicación; en el original, se citan más poemas y se leen otros íntegramente. 

* César D. Santiago Torres (mayo de 1980) Posee un bachillerato en Literatura Comparada de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Mayagüez. Allí, como requisito de grado, presentó una investigación titulada Who Watches the Watchamen… I do. En la misma, utilizando la colección de cómics The Watchmen, de Alan Moore, que luego se publicaría en un solo volumen como novela gráfica, propone que los cómics deben estudiarse como literatura.

Posee, además, una maestría en Estudios Hispánicos con concentración en Literatura de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico. Su investigación de grado, titulada Cervantes como precursor del sitcom, trata sobre la posible influencia cervantina en la comedia televisiva conocida como “sitcom”

Poeta y narrador, ha publicado en las revistas Zurde y Puñal de epifanía, en la revista underground La Vila, en la antología del Círculo Literario Revolución Expresiva de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico Palabras somos y en la antología de poesía y cuento etc.