domingo, 10 de marzo de 2013

















No podía dejar
de pensar en ti,
por eso ahora
lavo mis manos.


Pedofilia

















Lo siento;
la pensé en tantas escenas...
en tantas películas,
que en el momento
                              del  é x t a s i s
mi mente, dando rewind,
llegó a la Jennifer Connelly
de Once Upon a Time in America.














Un cadáver
es absurdo y tragicómico,
y es nuestro horizonte
y espejo.


martes, 12 de febrero de 2013

Renacimiento


















Inspirado en un programa de la Jovet             

“nueva criatura es…”
2 de Corintios 5,17

            Ernesto baila solo, moviendo su cuerpo al compás de la música. Es su cumpleaños número dieciocho y decidió ir a celebrarlo en una discoteca. Es tímido y solitario. Casi no tiene amigos. Pero está cansado, o más que cansado, harto de su timidez y soledad. Hace unas horas se encontraba en una barra―lejana, para que sus padres no se enteraran― en donde se bebió un par de cervezas, las cuales lo desinhibieron y lo hicieron decidirse a entrar a la discoteca del centro de la ciudad, una de las más populares, y comenzar su vida deseada, aquella que ensueña todas las noches mientras espera el sueño. En esa vida es decidido, popular y respetado; un cínico valiente que atrae a las chicas y tiene sexo todas las noches.     
Llega a la discoteca. Se intimida. El lugar está abarrotado de gente y hay algunos compañeros de su escuela, los populares, aquellos que lo rechazan y se burlan de él a sus espaldas. Pero Ernesto está decidido, así que para infundirse valor se dirige al bar y le pide al bartender lo más fuerte que tenga. Este, al verle la cara de asustado y de inexperto, por no decir pendejo, solo le da un Cuba Libre con más Coca-Cola que ron. Ernesto ni cuenta se da. El bartender no se equivoca en su apreciación, no en balde lleva una década sirviendo tragos: Ernesto realmente es un inexperto (solo ha bebido dos o tres veces en alguna fiesta familiar) y se bebe el trago creyendo que es algo así como un whiskey o un tequila. El bartender, mientras Ernesto se toma su bebida más rápido de lo recomendable, sonríe con esas sonrisas condescendientes que esconden lástima y vergüenza ajena.
Ernesto se avalentona con el trago. De repente se siente ese Yo de sus ensueños: atractivo, seductor y valiente. Se despoja de su Yo real, de Ernesto, para convertirse en ERNESTO, y a este ERNESTO le gusta bailar, a pesar de que Ernesto en su vida ha bailado. Ahora mismo, dando sus pasitos, se adentra en la multitud, en la orgía. Chicas hermosas, con escasa ropa, bailan solas, entre ellas o con hombres. Todos se mueven con el frenesí de la música. Ernesto se adentra al centro de la pista, y baila y sonríe como un fauno. Roza a las personas, siente la carne, se excita. Está como fuera de sí, como poseído por otra persona. Se podría decir que está delirando y en ese estado se acerca a las chicas y baila con ellas, sonriéndoles y mirándolas a los ojos con deseo. Realmente, a pesar de sí mismo y lo que ha sido su vida hasta este momento, la está pasando bien.
Se cansa de bailar y vuelve en sí, a Ernesto, y se dirige de nuevo al bar. Allí sentado se le acerca una chica hermosa de grandes ojos casi negros, tetas voluptuosas que luchan por mantenerse en su escotada blusa y un muy buen trasero. Un misógino machista diría que  toda una gata en celo, pero Ernesto al verla no puede ni pensar.
—Hola chico, te vi  bailando y tengo que decirte que me impresionaste.
Ernesto la mira con más miedo que sorpresa. Sostiene la cerveza a mitad de su boca. Solo puede balbucear “Eh, eh, eh”. No consigue articular nada, así que opta por sonreír.
— ¿Cómo te llamas? ―pregunta ella.
— Eh, eh, Ernesto.
— “Eh, eh, eh”… No te preocupes, amor, si yo no muerdo.
—No, no es eso—sonríe tímidamente―, es sólo que estoy un poco…pasado de…tragos. Sí.
Ella sonríe, siempre sexi, segura de sí misma.
—Y tú, ¿cómo te llamas? ―pregunta Ernesto, ya un poco más en control de sí mismo.
—Love―contesta ella, haciendo un movimiento sensual con los labios, como invitando a besar.
Ernesto se frisa. ¿Es esto real?, piensa. Ella, segura de la efectividad de su ataque, continúa:
—Love, como el amor. ¿A ti te gusta el amor?
—Eh, eh, sí, claro— contesta Ernesto con timidez.
—Mmm, que bueno, pues a mí me encanta el amor. ¿Quieres hacer el amor?
Ernesto se estremece. Se sonroja. Sus ojos miran abruptamente hacia abajo, a la derecha. Siente miles, millones de bolitas circulando a toda velocidad por todo su cuerpo. Ella, Love, triunfal y siempre sexi, le dice “Vamos”.

Ahora están en un motel. Llegaron en el carro de Love. Se están besando en la habitación. Ernesto siente por primera vez unos labios en sus labios, una lengua en su lengua, tibia y áspera. Se comienzan a acariciar. Ernesto la aprieta contra su cuerpo, acaricia su espalda, sus nalgas; las pellizca, les da suaves y firmes palmadas mientras piensa sorprendido  en la seguridad que siente y está mostrando. Entonces Love lo empuja a la cama y comienza a desnudarse muy sensualmente mientras lo mira con lujuria. Primero se quita la parte superior de su vestido y libera las enormes y duras masas sexuales, con sus enormes pezones erectos y rozados que luchaban por salir durante toda la noche. Ernesto cree que reventará, que no podrá soportar mucho tiempo sin venirse encima. Lo que está presenciando no es la porno que ha visto por computadora o en dvd’s, y menos aún una de sus ensoñaciones, no, sino un acontecimiento en vivo y a todo color, por lo que no puede sino sorprenderse de lo que está ocurriéndole. Love, consciente de las reacciones que ocasiona en Ernesto, se acaricia los senos y pellizca su pezón derecho. Luego continúa bajando, quitándose el vestido. Llega a su abdomen, a su codiciable ombligo, a sus caderas, haciendo presión, sus senos moviéndose en zigzag, besándose. Se baja y quita completamente el vestido, mostrando sus hermosas, largas y densas piernas. Únicamente queda la tanga, que insinúa un coño húmedo, grueso y acolchonado.
 Ernesto está completamente bellaco. Contempla, con la boca abierta, las babas saliéndose, el pene erecto a punto de estallar asomándose por el pantalón, todo el cuerpo monumental de Love. Se siente explotar, espera con ansias locas, con desespero, que Love termine su striptease y se quite la tanga para contemplar su chocho húmedo, ávido de placer. Entonces sucede. Love comienza el movimiento sensual, sin apartar la vista de los ojos de Ernesto, como a la expectativa de algo. Se libera de la tanga y Ernesto queda impactado. En la mano de Love, hermosa, con sus largas uñas pintadas de rojo, cuelga la tanga negra algo mojada, mientras abajo, en su pubis, se levanta una corta, pero dura y lúbrica verga.
Ernesto no lo puede creer. Se levanta furioso de la cama. Empuja a Love contra la pared y le grita MALDITO, CABRÓN, QUE TÚ TE CREÍAS, ¿QUE YO SOY MARICÓN? Da la espalda, presto para marcharse. Pero Love, en el suelo, le suplica que no la rechace, que es una mujer, que mire sus tetas, su culo, que se lo mamará, que sabe que ella lo excita. Entonces Ernesto se vira, explosivo, y la comienza a patear. Coge a Love por los cabellos y le restrilla la cabeza contra uno de los espejos de la habitación. Luego, a pesar de los gritos y súplicas de Love, que sangra en el suelo, comienza a cortarla con un pedazo de espejo roto, gritando que no es justo, que está harto de tanta humillación, que todos merecen morir. Love grita, pero Ernesto no la escucha, no puede escucharla, solo puede ver su pasado, cada persona que lo ha humillado, y cada persona es una puñalada en el cuerpo amorfo de Love.  
Después de matarla, se lava y se marcha a pie a su casa. No se reconoce. No puede reconocerse. No es Ernesto, su Yo real, tampoco es su Yo ideal, el que ha bailado y bebido toda la noche. Ahora es un asesino, un maldito, y mientras ve el sol salir, todo clarear, se siente oscuro, presa de la noche. No lo quiere admitir, pero le gustó lo que hizo. Tiene los calzoncillos mojados y siente un deseo maldito. Desea sangre.
                                                                       

NONS 15 de febrero de 2004- 20 noviembre de 2011

jueves, 24 de enero de 2013

El suplantador















A. es un autor de novela policiaca-filosófica, publica bajo seudónimo, B., pero no tiene éxito. Los críticos lo ignoran y escasamente vende varios ejemplares de sus libros. Así que ingenia un plan dividido en dos frentes.
            
El primero consiste en hacerse publicidad por Internet. Crea una identidad falsa y con ella abre una página de fans de B. en Facebook; crea, además, un blog dedicado a B. y bajo distintos nombres escribe diversos comentarios sobre sus libros en Amazon.com. El segundo frente consiste en aprovechar su posición de profesor de literatura para escribir reseñas y ensayos de crítica literaria sobre sus propias novelas, pero publicados con su verdadero nombre.

Con el tiempo, gracias a sus esfuerzos de promoción comienzan a venderse sus novelas y la academia a interesarse por su obra. Logra convertir a B. en un escritor de culto al estilo de un Thomas Pynchon: un escritor leído, respetado tanto por lectores y académicos. Y misterioso. Sus más acendrados fanáticos quieren ver su cara, saber quién es realmente B., pero a A. le gusta ese misterio y no devela su secreto. Además teme que consideren muy poco ético el que él mismo escribiera crítica literaria sobre sus propias novelas, y más aún debido a que se había convertido en el especialista más importante en B., tanto así que impartía una cátedra exclusivamente sobre su obra en una universidad de prestigio.

Debido a esa posición como el exégeta más importante de B., tenía que soportar preguntas de sus admiradores sobre si sabía quién y cómo era B. A. solo se limitaba a responder que, como todos, únicamente conocía a B. a través de sus libros.

Hasta que un día B. gana un importante premio literario y en la ceremonia de premiación se presenta un individuo a recibir el premio. El individuo enseña documentación que, afirmativamente, comprueba que realmente es B., por lo cual se lleva el premio valorado en varios cientos de miles de dólares; además de la fama, ya que comienza a dar entrevistas y a firmar autógrafos.

A., indignado, llama a su editor, pero este no contesta ninguna de sus llamadas. Así que decide ir a la editorial, pero cuando llega al edificio lo ve consumido por las llamas. En el incendio perecieron tanto el editor como los miembros de la junta editorial, quienes eran los únicos que conocían su secreto. Igualmente, en el incendio se quemaron los documentos que podían confirmar que A. era B. A., en un instante, vio cómo todo su trabajo se desmoronaba. Intentó desmentir al suplantador de B., pero los medios noticiosos, además de los fanáticos y académicos, no lo tomaron en serio. Lo tildaron de loco y resentido, de farsante. Un crítico –decían– no podía escribir novelas tan perfectas y perspicaces, tan artísticas, profundas y entretenidas a su vez.

B., o el suplantador que se decía llamar B., terminó demandando a A. por difamación e intento de suplantación de identidad. A. no pudo defenderse. Los herederos de su editor y de los miembros de la junta editorial no lo conocían y la prueba que podía confirmar que él era B. pereció en el incendio, incluidas las computadoras y, curiosamente, todos los archivos digitales, incluyendo los correos electrónicos entre A. y su editor.

El día que fallaron la sentencia, la cual consistía en indemnizar con unos 300 mil dólares por razón de daños y perjuicios a B., A. salió del tribunal todo turbado, solo quería llegar a su casa y no salir nunca de ella.

Nunca se supo más de él. Los rumores son que A. se autodesterró y cambió de identidad, o que incluso murió, tal vez por su propia mano. Lo cierto es que en la actualidad se desconoce su paradero. De más está decir que los admiradores de B. celebraron la desaparición del idiota ese que se quería hacer pasar por su escritor favorito. 

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Pueden encontrar este cuento, y otros textos míos en la antología de cuento y poesía etc. La cual pueden conseguir en Amazon

domingo, 21 de octubre de 2012

Humildad




















Con mis críticas hacia todo
cualquiera diría que me siento un ser superior.
Y no,
yo solo soy un microbio en el tiempo,
una partícula ultramicroscópica en el Universo.
Soy nada,
un peo que apesta y que se diluye rápidamente
en el aire, sin que quizá nadie lo haya olido…
o muy pocos, muy pocos.
Y al final me sé realmente lo que soy:
un orgasmo producto de una bellaquera.
Solo espero que mi madre también se haya venido;
lo menos que quiero es ser producto
de un orgasmo unidimensional,
de un orgasmo fallido.
¿Acaso no hay mayor humildad que esta visión de uno mismo?
Piénsenlo,
mientras me fumo un cigarrillo.  


lunes, 24 de septiembre de 2012

De policiales, existenciales y escritores fracasados. Pura vagancia (pseudo)literaria

















Epifanía de un detective de novela policial clásica

Sentado en el inodoro, mientras fuma en su pipa y descarga sus vísceras, resuelve el crimen. 



Resumen de novela negra

Los dos casos están relacionados. El responsable de los crímenes muere. La femme fatale es arrestada y el detective, siempre con el cigarrillo en la boca, se queda con la chica buena que lo amaba en secreto y que lo ayudó sin pedirle nada a cambio, primero por atracción y luego por amor.  



Asesino en serie

Comenzó con el dedo índice y luego, en un intervalo de 20 días, terminó asesinando los cuatro dedos restantes. El arma homicida nunca fue encontrada, y aunque nunca la pudieron atrapar, es de conocimiento general que la responsable de los crímenes fue la mano derecha. 



Novela existencialista

Mientras se levantaba por la mañana, mientras desayunaba, almorzaba y cenaba, mientras realizaba sus necesidades biológicas -entre ellas copular con su pareja-, mientras trabajaba, mientras hablaba con sus pocos amigos que no lo eran, mientras fumaba lentamente sus cigarrillos, sentía náuseas al tocar los objetos, pensaba que la vida no tenía sentido, que todos los actos estaban condenados al fracaso porque terminaban en la muerte y que todo se reducía a nacer, esperar con tedio algo que no sabía qué era, y sin descubrir ese enigma, morir con miedo a la Nada o a un Dios colérico y justiciero. Pero no hay tragedias, porque la novela está escrita en primera persona y termina con final abierto. 


 Escritor fracasado

Trabajar en algo que detesta, sentir envidia por el éxito de otros escritores que él llama erróneamente “colegas”, escribir textos que solo él, en algunos momentos, considera geniales, publicar por su cuenta y no recibir críticas, y morir con la esperanza de ser póstumo.



*NONS, junio de 2012